Blog o no blog: esa es la cuestión
- Macarena I. Jeldres
- 19 oct 2024
- 5 min de lectura
No es como si uno se levantara un día y dijera: «Voy a empezar un blog». Eso es algo que te da vueltas en la cabeza, que te visita mientras duermes, mientras lavas los platos o te duchas. Es como oír el canto de un grillo en mitad de la noche. Te quita el sueño, te obliga a levantarte. Frío, frio; sabes que no lo vas a encontrar. Caliente, caliente; el cabrón se calla en cuanto te acercas.
Pero aquí estoy. El grillo ganó.
Aún así no puedo evitar preguntarme por qué escribe la gente un blog. Me viene a la mente un nómada, un aventurero que se pasa la vida recorriendo el mundo y registrando lo que ha visto y encontrado en él. Cada semana una nueva ciudad, un nuevo idioma, una nueva cultura. Nada más lejos de mi realidad.

A ratos siento que tengo mucho que contar. Me pongo frente al ordenador y lleno páginas y páginas con pensamientos, reflexiones y acertijos. Me lo paso bien, aprendo, disfruto. El proceso concluye y paso a corregir lo escrito. Entonces surge la terrible duda:
«¿Quién demonios va a querer leer esto…?».
Os podéis imaginar mi sorpresa al encontrarme, una vez más, cometiendo el típico error de novato: creer que no tengo nada interesante que contar. Ya sea por los medios o por lo que consumimos, solemos tener una idea muy limitada de lo que resulta interesante. Por eso los escritores jóvenes —y no me refiero solo en edad— sienten la necesidad de ambientar sus primeras historias en países y ciudades que jamás han pisado ni pisarán.
Pero todo eso choca de frente con mi máxima como escritora: la búsqueda perpetua de la sencillez, de lo simple pero complejo, de lo cotidiano pero trascendente, de lo único y, a la vez, lo de todos…
En un suceso de lo más inesperado, he recordado por qué acepté formar parte de un proyecto como El Escritorio: para acercar la literatura a la gente, para interactuar con aquellos que aman esto tanto como yo. He recordado también que me gustan las personas y que creo ciegamente en que el futuro de la literatura está en las pequeñas comunidades, en compartir consejos entre semejantes, en potenciar el «esto yo lo aprendí así. Pruébalo, a ver si a ti también te sirve».
¿Pero es esta razón suficiente para empezar un blog?
Como es lógico, acudí a Google y busqué «por qué escribir un blog». Todas las entradas estaban enfocadas en lo mismo: posicionamiento, marketing, captación de leads, convertirse en experto, transmitir conocimientos, darse a conocer… Eran razones muy válidas, pero ninguna lo bastante convincente para mí. Hasta que encontré lo siguiente:
«Porque te desafía a crecer todos los días».
—¡Ah! Esa sí está buena —me dije.
Dispuesta a indagar en el asunto hasta el final, tomé un trozo de papel y escribí «motivos para no escribir un blog»:
Me tengo que comprometer a escribir, al menos, una par de veces al mes y yo no soy buena con las constancias.
Temas: ¿de qué voy a escribir? ¿Necesito una estrategia?
Tengo un pelín de dislexia. ¿Qué pasa si hago faltas de ortografía y no consigo verlas por estar nerviosa? ¡Sería horrible!
Y ahí acababa la lista.
Cuanto más la repasaba, más absurda me parecía. La vida y el escribir desde los trece años de forma continuada me habían enseñado que los grandes temas siempre están ahí, que las ideas surgen de vivir, de sentir, de leer. Así que ya podía tachar el segundo motivo.
Era hora de ir a por el asunto de la dislexia y las faltas de ortografía.
Cuando decidí estudiar Corrección, lo hice con la intención de solventar ese problema. Me imaginé que, al cursar mis estudios, aprendería técnicas infalibles que me ayudarían a detectar mis carencias. Lógicamente, no hay fórmulas mágicas: el 20% es normativa, otro 10%, disciplina, y el resto, práctica, práctica, práctica. Pero me enseñaron a quitar el pie del acelerador, a leer con atención y sin prisa, considerando cada letra, cada espacio. ¿Iba a seguir aferrándome a la excusa del error, a pesar de las habilidades adquiridas?
Las razones se me estaban agotando y la frase resonaba tan fuerte y clara como cantaba el grillo: «Te desafía a crecer todos los días».

Respecto a la constancia... De niña solía perder el interés en las clases; de jovencita, siempre me costó mucho adquirir eso que llaman rutina de estudio. Suelo dejar las películas a medias, soy incapaz de aguantar una serie por más de dos temporadas y he dejado muchas novelas inconclusas. Un panorama nada alentador.
Por último, pensé en las decenas de veces que me había propuesto algo tan simple como subir algo a Instagram una vez por semana para «ganar presencia en redes», y cómo siempre fracasaba en mi empeño. Un empeño que, quizás, no era tal, porque Instagram me aburre enormemente, menos cuando se trata de ver lo que suben mis compañeros de profesión y amigos; las charlas que han dado, los libros que han publicado, los consejos que han compartido.
Entonces me di cuenta de que era una fresca: yo siempre consumía y disfrutaba de lo que ellos hacían, pero… ¿qué hacía yo? ¿Cuándo pensaba devolver la mano?
Tenía que hacerme un blog, uno donde pudiera hablar abiertamente de todo eso que siempre había querido hablar: el proceso creativo, mi amor por la literatura, las luchas de mis colegas escritores, el desprecio a la lengua, la infravaloración de las artes, las inseguridades del creativo y su símil con el emprendimiento…
El asunto me sube los colores a la cara porque, puesto en palabras, todo parece muy serio, muy trascendental. No estoy acostumbrada a hablar de mí, pero, una vez más, debo recordar que yo solo soy la autora, la escribana. Esta historia se ha contado miles de veces, a través de miles de manos, miles de personas, y se seguirá contando después de mí. No hay nada que temer.
Hoy decidí empezar un blog. ¿Por qué? Por el reto. Por la búsqueda. Por el deseo innato e intrínseco de seguir creciendo, de compartir, de conectar, de formar parte de este colectivo de valientes que escriben y que se desafían constantemente a hacer algo diferente. Por aprender a caricaturizarme, a reírme de lo que parece serio pero que no lo es tanto. Para demostrarme que no hay inseguridad lo bastante grande como para no hacer lo que en el fondo sé que debo (y quiero) hacer.
Así que yo y mi grillo estaremos aquí dentro de dos semanas hablando un poquito de la vida o de la escritura (¿no son la misma cosa?).
¿Y tú?, ¿estarás…?
19 de octubre de 2024
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