¿Haciendo cola para el carné de escritora? Escritura, síndrome del impostor y el reto de publicar un libro
- Macarena I. Jeldres
- 30 dic 2025
- 5 min de lectura
Actualizado: 12 feb
Hoy quiero reflexionar sobre la escritura, el síndrome del impostor y el reto de publicar un libro. O la presión constante que sentimos asociado a ello, más bien.
Hace unos días asistí a una masterclass de Lorena Amkie titulada Ser escritor hoy: motivación, retroalimentación y publicación, disponible para los miembros de su canal. Entre las muchas cosas valiosas que se compartieron durante la clase, algo se quedó especialmente conmigo: la incomodidad que sentían varios asistentes al llamarse escritores, a pesar de llevar años —décadas, incluso— escribiendo.
Nadie les había prohibido usar esa palabra, pero casi todos la rozaban con pinzas. «Bueno, yo escribo, pero no soy escritor»; «Estoy empezando»; «Hasta que no publique, no puedo decir que lo soy».
Mientras los escuchaba, me di cuenta de que ese pudor también había sido mío, y que aunque en su momento lo maquillase con humor o ironía, mirándome hacia atrás puedo decir que lo que más pesaba no era la falta de publicaciones, sino la cantidad de condiciones que yo misma le había impuesto a esa palabra: escritora.
Hay algo casi vergonzante en decir «soy escritora» cuando no tienes un libro que enseñar, una editorial detrás o una biografía con títulos en cursiva. Pareciera que la palabra es demasiado grande para una sola persona y que solo se puede pronunciar si viene acompañada de pruebas, reseñas y contratos.
En la masterclass, lo que más me impresionó fue constatar que este malestar es común: no se trataba de un caso aislado ni de inseguridades puntuales, sino de un patrón. Personas que llevan años escribiendo, que tienen manuscritos terminados, proyectos en marcha… y aun así se sienten impostoras cada vez que se produce el terrible diálogo:
—¿A qué te dedicas?
—Pues…, escribo.
—Ah, ¿eres escritora? ¿Y qué has publicado?
Ahí se les cae el alma al suelo.
No ayuda que alrededor de la figura del escritor se haya construido una especie de pequeña mitología pop. El escritor como estrella invitada a festivales, firmando ejemplares con cola, hablando en entrevistas, subiendo fotos de lanzamientos editoriales...
A veces da la sensación de que querer ser escritor se ha convertido en I wanna be a rockstar🤘. No basta con tocar un instrumento en tu casa, tienes que dar conciertos en espectáculos plagados de luces y sonar en algún sitio chulo. Si no, «¿qué demonios estás haciendo aquí? ¡Esto es para músicos de verdad!».
De un tiempo a esta parte, escribir sin escaparate se ha convertido en mero ensayo general; un pardillo tocando en su cochera. Porque lo que vale de verdad es el libro en la mesa de novedades. Aunque para llegar ahí hayas dedicado años a practicar un oficio que, paradójicamente, se realiza lejos de los focos.
Y claro, bajo ese contexto, ¿cómo no nos va a temblar la voz cuando decimos «soy escritora»? ¡Si no tenemos una lista de publicaciones que anexar debajo!
En algún punto hemos empezado a confundir las cosas: publicar no es lo mismo que escribir, aunque a menudo se superpongan.
Publicar es un acontecimiento, una suma de factores donde intervienen el trabajo propio, pero también la suerte, la oportunidad, los contactos, el catálogo de una editorial, el mercado, las modas. Escribir, en cambio, es una práctica, un verbo que conjugas todos los días, haya o no testigos.
Sin embargo, los discursos que escuchamos —y que repetimos— dicen más o menos así:
Si has publicado, eres escritor/a.
Si no has publicado, aún estás «en proceso» o solo eres un «aspirante».
Si publicas con según qué sello, vales más o menos.
Y si lo haces por tu cuenta, quizá no sea para tanto.
Yo me pregunto: si mañana desaparecieran todas las editoriales del mundo, si internet colapsara, si nadie pudiera publicar nada durante años… ¿dejaría de haber escritores?
En la masterclass, Amkie esgrimió una frase muy interesante. Ella es escaladora desde hace años y aquellos que la seguimos sabemos de su pasión, así como de la maravillosa forma en la que asocia la escritura a diversos aspectos de la vida cotidiana. Por eso me fue imposible olvidar la imagen tan sencilla que nos presentó: el 90 % del tiempo, los escaladores escalan; no coronan cumbres.
La cumbre es un instante; la subida es el camino. El oficio.
Lo que ocurre con el libro publicado, la foto en redes o el ejemplar dedicado es apenas un pequeño punto en el mapa. Pero no deja de ser tentador vivir como si ese punto lo fuera todo.
Y de pronto el valor de lo que hacemos pasa a depender exclusivamente de una validación externa, de un público.
Como diría Lorena: «¿Hace ruido un árbol al caer, si nadie está ahí para escucharlo?».
Escritora es la persona que escribe. La persona que se sienta frente a la página cuando no hay contrato, cuando no sabe si alguien leerá, cuando el manuscrito se queda en el cajón. La que corrige, reescribe, abandona, vuelve, se frustra, insiste. La que escribe incluso cuando la respuesta a «¿y qué has publicado?» sigue siendo «nada» o «todavía no».
Publicar puede ser un deseo legítimo, hermoso, ilusionante. No se trata de negarlo, yo también quiero ver mis textos convertidos en objeto, compartirlos, celebrar, coronar mi propia montaña. Pero otra cosa es convertir esa cumbre en el único termómetro posible de lo que soy.
Si reduzco mi identidad a un resultado que no controlo por completo, siempre voy a estar un poco en deuda conmigo misma. Siempre me faltará algo para sentir que «ahora sí». Y cada vez que alguien me pregunte a qué me dedico, me colocaré a medio camino, como si mi oficio estuviera en pausa hasta nuevo aviso.
Tal vez el reto está en sostener ambas cosas: el deseo de publicar y la certeza de que ya ahora, hoy, mientras escribo estas líneas, soy escritora, aunque no pueda enseñar el lomo de un libro con mi nombre.
Entonces, ¿cuándo «se es» escritora? Podríamos intentar buscar una definición solemne, pero sospecho que, al final, es mucho más cotidiana: se es escritora cuando escribir deja de ser un accidente y se convierte en una práctica, un oficio, una necesidad. Ahí es cuando comienzas a hacerte responsable de ello, a nutrir ese trocito de ti, a formarte. Y eliges seguir haciéndolo aunque nadie te haya dado credencial.
Publicar podrá confirmar hacia fuera algo que ya existía, igual que una foto no inventa el momento que retrata, solo lo deja fijo. Pero no es el origen de nada.
Y quizá el gesto más revolucionario sea empezar por ahí: decir en voz alta «soy escritora», aunque todavía no puedas colocar tus libros en la mesa del salón como prueba.
Porque, al final, el árbol que cae en el bosque no necesita que nadie le certifique si cayó o no, por más que dudemos del asunto del ruido. Y la escritura, al igual que ese árbol, no depende tanto de cuántos ojos miren como de la mano que, día tras día, decide seguir escribiendo.

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