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Querida, respira, por favor: lo que el baile me enseñó (reiteró) sobre escribir

  • Foto del escritor: Macarena I. Jeldres
    Macarena I. Jeldres
  • 22 oct 2025
  • 4 min de lectura

Me gusta bailar; es algo que amo desde que era una niña. Creo que apenas aprendí a andar, lo siguiente que hice fue aprender a balancearme al compás. Pero aunque lo amara, nunca le presté demasiada atención. De hecho, no he reconocido este amor hasta hace poco (cumpliré tres años este diciembre de 2025).

Actualmente estoy apuntada a un club de danza que me llena de buena compañía, disciplina, esfuerzo y alegrías. Me he conocido más a mí misma en este último tiempo bailando —moviendo el cuerpo, en general— que en todos los años que traigo a la espalda. Pero no he venido a hablar de mi amor por el baile, sino de cómo bailar me enseñó lo tremendamente importante que es respirar.

Y sí, ya sé que suena evidente: sin oxígeno, la palmamos. Pero no hablo de eso. Hablo de respirar cuando toca.

Siempre me he considerado una mujer impaciente, analítica, que mide al milímetro cada detalle relevante para conseguir su objetivo —ya sea una carrera profesional, un encargo de corrección o un cuento por escribir—. Por eso, cuando se trata de una coreografía, lo tengo todo presente. Lo cual está bien… hasta que deja de estarlo. Porque a pesar de tener en cuenta cada movimiento, nunca me acuerdo de respirar.

Durante la práctica, mientras realizo los pasos, mi mente no está en el movimiento presente, sino en el siguiente. En que al llegar al «dos, tres» tengo que girar la cabeza a la derecha, pero solo lo lograré si antes miro al frente. Y no te olvides, Maca, de que al llegar al «siete, ocho» debes dar el paso con el pie derecho, o si no, el giro saldrá torcido. ¡Y aprieta el abdomen! ¿Y esa mano? No la dejes muerta, que parece de trapo. Ponla en la cadera, mujer, que ya lo has oído mil veces.

Pienso demasiado. Me olvido de respirar. Y, como es natural, me falta oxígeno. Entonces dejo de oír la música. Dejo de oír los pulsos, dejo de contar. Porque no estoy bailando el presente, sino los siguientes tres, cuatro u ocho pasos.

Y me adelanto.

Adelantarse en una coreografía es terrible. En el baile, estar fuera de tiempo es como salirse del mundo: te desconectas de tu cuerpo, de los demás, de la canción. Un bulto estelar errante, sin órbita ni dirección.

En esos momentos entiendo lo fácil que es perder el compás también fuera de la pista. Vivimos en un mundo que nos empuja a correr siempre un poco más rápido que la música, a prever, a anticipar, a producir sin pausa. Pero lo más importante sucede justo aquí, en el ahora. En el paso que estás dando, en la nota que suena, en el reflejo que te devuelve el espejo del estudio. Ese espejo que no solo muestra si el brazo está en su sitio, sino si estás coordinada con el grupo y no vas dos pulsos por delante.

El espejo muestra el resultado del esfuerzo, pero respirar… Respirar es clave.

Al escribir, respirar se parece a esa pausa en la que el cursor parpadea, insistente, y tú te quedas quieta, mirando. No haces nada: solo esperas. Pero en esa espera sucede todo. El aire entra, las ideas se recolocan, y algo —una voz, una imagen, una intuición— se abre paso con suavidad.

A veces respirar es aceptar que no tienes ni idea de cómo seguir una frase. Que no sabes si el texto tiene sentido o si vale la pena. Que necesitas cerrar el portátil y salir a la calle, o ir a poner la lavadora, o mirar por la ventana hasta que el sol cambie de ángulo. Respirar es entender que no estás perdiendo el tiempo: estás dándole espacio al texto para que te alcance.

Cuando respiramos al escribir, dejamos de empujar las palabras. Ellas solas encuentran su sitio. Como el cuerpo en el baile, que cuando por fin se entrega al compás deja de calcular los pasos y simplemente se mueve según lo aprendido, el texto también se ordena cuando dejamos de forzarlo. La respiración pone todo en su lugar.

Respirar un texto es dejarlo dormir. Es permitirle una noche, una semana o un mes de silencio. A veces el sentido aparece después, cuando ya has dejado de buscarlo. Otras, cuando vuelves a leer con ojos nuevos y descubres que la frase que ayer parecía torpe hoy respira con naturalidad.

Hay historias que solo se revelan cuando el aire vuelve a circular. Como si la escritura tuviera un pulso, un latido, un compás igual que el cuerpo. Y tal vez sea eso: escribir no es tan distinto de bailar, porque en ambos casos se trata de escuchar. Escuchar el ritmo, escuchar lo que ocurre dentro, escuchar cuándo es el momento de moverse… o de parar.

Respirar también es detenerse entre proyecto y proyecto, volver a llenarse de lecturas, de otras voces, de nuevas estructuras. Es volver a recordarse que escribir no es solo producir, sino vivir. Que el texto también se escribe mientras cocinas, mientras te duchas, mientras ríes con alguien o miras algo sin tomar notas. Que cada respiración —la profunda y la distraída— es parte del proceso.

Respirarse, en definitiva, es volver a preguntarse: «¿por qué escribo?», «¿qué estoy queriendo decir con esto?», «¿a quién estoy queriendo alcanzar?».

Todo recae en un gesto tan humilde como volver a inhalar para dejar que entre el aire, para escuchar el sonido mínimo de esta vida que sigue y que late en nuestro interior.

Queremos llegar a todo, pero olvidamos que el único «todo» que importa está dentro.

Porque al final, la única obra magna que escribiremos, la única coreografía que lograremos bailar a la perfección, es la de nuestra existencia vivida al completo: dulce y profundamente.


Mujer bailando sobre agua
Foto de Benedikts_Snapshots

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