Se llamaba Yolanda y su lectura cambió mi vida
- Macarena I. Jeldres
- 21 dic 2024
- 3 min de lectura
Tenía catorce años cuando viví mi primera experiencia con la corrección. Fue de la mano de mi profesora de lengua castellana Yolanda Carillo, una mujer extraordinaria que decidió sacrificar su valioso tiempo… para alimentar el sueño de una alumna.
Por aquel entonces, yo escribía una novela juvenil en la que mi protagonista de dieciséis años, Alexis, se veía envuelta en un conflicto entre vampiros y hombres lobo (¿os suena de algo?). Ya había escrito fanfictions con decenas de miles de palabras, pero esto era distinto. Esto era mío, enteramente mío.
El problema era que tenía faltas de ortografía por un tubo, quizá incluso más que el resto de mis compañeros de instituto. Con el lenguaje, aplicaba el mismo juicio que con las matemáticas: ¿por qué aprender cálculo si las máquinas pueden hacerlo más rápido? Además, ¿no era para eso para lo que habían puesto corrector al Word? Sí, estoy de acuerdo: esta niña necesita un escarmiento. Pero eso le llegó a su tiempo… otro día hablaremos de eso.
Tengo que ser sincera: no guardo ni un solo recuerdo de cómo fue que le presenté mi novela a Yolanda. Ni siquiera un tanteo, los nervios que probablemente me devoraban el estómago antes de sacarle el tema. Nada. Solo tengo fotogramas de un momento específico: el día en que me pidió, después de clase, que la acompañara a su despacho. La veo sacando un bloque de hojas A4 de un gran sobre marrón y dejándolo sobre la mesa. Era mi novela.

Recuerdo que me senté frente a ella y empezó a pasar las páginas con una suavidad que solo podía evocar respeto. En los márgenes, había párrafos en tinta roja con comentarios y preguntas. También había marcas y flechas para indicar tildes que faltaban, palabras que yo había escrito separadas y debían ir unidas, comas olvidadas...
Sin saberlo, estaba frente a una lectura comentada. Pero comentada con amor, con pasión de lingüista y con la vocación de una maestra que confía en haber encontrado una semilla con potencial para germinar. Yo no vi nada de eso en ese momento, solo vi rojo, pero ahora, quince años después y habiendo ejercido como correctora, veo muchísimo más.
Corregir no es solo leer y aplicar la norma. Entre las manos sostenemos pedazos de vida: sueños, emociones, secretos que nadie más conoce. Es como ser arqueólogo. Con esas brochas con las que retiran la arena y esos martillitos diminutos, vamos desenterrando párrafos y líneas, tratando con cuidado cada palabra, cada decisión.
Y me atrevería a decir que no es solo el amor por las letras y las obras escritas lo que me impulsó a dedicarme a la corrección y la edición, sino ese fragmento de dedicación, esa atención que ella me mostró. Ejerció tal ejemplo de cuidado por la obra, esa ridícula obra escrita por una quinceañera, que marcó el resto de mi existencia.
Lógicamente, y como en cualquier trabajo, hay días en los que me enfrento a textos bastante duros. Corrijo una frase y descubro que ahora la siguiente suena peor, que una coma mal puesta convierte el sentido de un párrafo en un sinsentido absoluto. Días en los que la frustración se acumula y me sorprendo mascullando entre dientes: «¿Por qué me metí en esto?».
Y como si mi mente supiera que necesito un salvavidas… salto al pasado. Estoy de nuevo en el despacho de Yolanda. Me veo a los catorce años, sentada, con las manos sudorosas y la sensación de estar a punto de enfrentarme a un veredicto inapelable. Pero nunca hubo tal juicio, ni desaprobación, ni condescendencia. Solo alguien que vio mi empeño y decidió acompañarlo.
Eso es lo que hago. Lo que siempre intento hacer. Cada vez que un autor me confía su texto, no solo veo palabras impresas: veo su esfuerzo, su inseguridad, su ilusión. Por eso no solo aplico reglas ni sugiero cambios. Acompaño.
Porque un trabajo como la corrección, cuando se realiza de corazón, no solo ayuda a la obra ni solo al escritor: también marca al corrector. Eso fue lo que Yolanda me mostró. Y aunque ella nunca lo supo, sembró en mí una hermosa forma de corregir y de tratar las obras.
Hoy, esa semilla sigue germinando.
Sábado, 21 de diciembre de 2024
_edited.png)



Comentarios