Querida, eso que llamas autoexigencia, en realidad, es violencia creativa
- Macarena I. Jeldres
- 3 oct 2025
- 2 min de lectura
Hay días en los que me siento frente a la página como si fuera un tribunal. No porque lo sea, sino porque yo la he convertido en eso. Miro el cursor parpadeando y, sin saber cómo, empiezo a juzgar lo que aún no ha sido escrito. Me sorprendo midiendo una idea antes de darle forma, comparando lo que hago con lo que no he hecho, con lo que imagino que debería estar escribiendo.
Entonces me doy cuenta de que no estoy escribiendo para descubrir nada, ni para escucharme, ni siquiera para disfrutar. Estoy escribiendo —o intentando escribir— para cumplir con algo. Para alcanzar una vara invisible que se eleva cada vez que me acerco. No sé quién la sostiene, pero su voz suena igual que la mía.
Durante mucho tiempo creí que esa voz me ayudaba a mejorar, que sin esa autoexigencia, sin ese motor de «puedes hacerlo mejor», me volvería floja, me repetiría, dejaría de crecer. Pero no era cierto: a la larga, solo me hacía callar. Porque no se puede avanzar cuando todo lo que haces está siendo juzgado desde antes de nacer.
Hay un momento, uno muy sutil, en el que la escritura deja de ser una práctica viva y se convierte en una simulación de lo que crees que debería estar haciendo. Ya no escribes para entenderte, para jugar con las palabras o para explorar un personaje que te intriga. Escribes para demostrar. Para validar tu derecho a escribir. Para que nadie pueda decir que estás «jugando a ser escritora».
Y aparece el miedo a no llegar.
No llegar a qué, exactamente, es difícil de definir; el abanico de opciones es inmenso. Tal vez miedo a no llegar a un estándar, a una idea de profesionalismo, a una imagen de éxito… ¿En general? A un nivel que nadie te ha pedido, pero que tú misma has dibujado como destino obligatorio.
Ese miedo, por más que se disfrace de ambición o compromiso, es una forma de violencia creativa. Una que viene de dentro y se disfraza de exigencia sana.
He aprendido —a veces a golpes— que lo que una escribe desde ese lugar tiene algo hueco y forzado. Textos como esos pueden estar «correctos», pero no respiran ni tiemblan ni palpitan porque no nacen del deseo, sino del deber. Y el deber, en exceso, ahoga el alma.
Volver a escribir con deseo es, para mí, volver a habitar el silencio. Escuchar de nuevo y, esta vez, con oídos bien abiertos, sin pensar todavía en cómo ni en por qué y confiar en que la técnica vendrá después. La gracia está en dejar de obsesionarme con si es suficientemente bueno y preguntarme más bien si es suficientemente mío.
¿A dónde nos llevaría la escritura si dejáramos de demostrar y empezáramos a escuchar?
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