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El té

  • Foto del escritor: Macarena I. Jeldres
    Macarena I. Jeldres
  • 9 oct 2025
  • 3 min de lectura

Llegó la época del té. Tengo las manos rojas, frías, insensibles. El otoño exige que caliente el cuerpo y yo busco en la cocina la caja de lata con las bolsitas que nunca parecen caducar. Al abrirla, una bofetada de olor a canela, tomillo, menta y manzanilla me sacude la nariz y la cabeza, trayendo a la memoria unas manos rugosas y ásperas que arrancan los pétalos a una rosa. Unos dedos gordos juguetean con la lavanda, la desgranan. Anís, clavo de olor, piel de naranja; todo acaba en una caja de lata.

El agua hierve y la cocina se llena de vapor estático. Apago el calentador y me parece oír una voz añeja declarando que es mejor la tetera de metal, que esa cosa demasiado tecnológica no da ninguna confianza, que seguro envenena el agua.

La bolsita entinta el espacio con una bruma que pronto ennegrece el fondo de la taza. Tomo la cuerdecita y hago que brinque sobre la superficie en un baile ritual. «Deja de usar esas porquerías. El té siempre sabe mejor si viene a granel», dice la voz. Las manos huesudas buscan un tarro en la despensa, me lo acercan y huelo el fruto de un jardín bien cuidado, la esencia de unas hojas que fueron secadas en verano, meses antes de este duro y frío otoño.

Destierro la bolsita del agua. Niego que sea a raíz del recuerdo y me convenzo de que, simplemente, no quiero el té demasiado negro. Me llevo la taza a la boca y el vapor me empaña las gafas; otro varapalo para mi memoria: «Cada té se tiene que beber a la temperatura justa. Esa agua está demasiado caliente».

El viaje por la caótica línea del tiempo me irrita y dejo la taza sobre la encimera. Entonces pienso que es una estupidez ponerse así por un té y me lo llevo a la boca. El líquido me quema los labios y me raspa la lengua. «Te dije que estaba caliente».

—Javier. —Mi madre se asoma por la puerta de la cocina—. ¿Terminaste ya? Tu papá nos llama. Es tarde.

La taza vuelve a quedarse en la encimera. Busco la americana negra que dejé en el respaldo de la silla y me la pongo a regañadientes.

—Espera, hijo. ¿Cómo te pusiste la corbata?

Arregla el cuello de mi camisa. Yo aprovecho para decirle que la última vez que me puse una fue para la graduación. Ella sonríe apenas un segundo. Los ojos le brillan con el recuerdo.

—Menos mal que ella pudo estar ese día, ¿cierto? Era la más emocionada, la más feliz viendo cómo su niño subía a recoger su diploma.

El olor a té negro inunda la sala. «Ahora sí te lo puedes beber». Pero abandonamos la cocina en cuanto la corbata está en su sitio.

Subimos al auto. Me quedo sin ventana porque las primas quieren ir en los laterales. El tío se fue antes para recibir a los asistentes, así que las tenemos que llevar. Ojalá no estuvieran aquí. Nos ponemos en marcha, abandonamos la avenida. Es una mañana fría: de no ser por lo de hoy, nadie habría salido de la casa. Me friego una mano contra la otra. Tendría que haberme tomado ese té.

Han pasado cuatro horas, la ceremonia terminó. Recibimos los pésames y vamos andando al cementerio. La distancia es poca, pero la tradición dice que hay que hacerlo lento, así que tardamos un rato. La mamá llora, las primas lloran. El papá se hace el fuerte, pero se nota que quiere llorar, igual que el tío, que tiene los ojos hinchados y secos.

Pasa lo que tiene que pasar y el ataúd descansa bajo tierra. Un viento helado nos zarandea con fuerza. Me duelen las manos por culpa del frío.

Los asistentes se marchan.

—Javier… Vamos a casa.

Mi mamá tiene la cara pálida a la vez que roja. Algo debió de ver en mí porque me ha tomado del brazo y se ha puesto a refregarlo con fuerza. Supongo que intuye que estoy congelado, igual que ella, por eso lo hace. Por eso me dice:

—Cuando lleguemos a la casa, me haré un té. Uno bien caliente que me saque este frío que llevo en el cuerpo. ¿Tú también quieres uno?

Me cuesta sacar la voz, no sé por qué. O quizá sí, pero no quiero pensarlo. Solo quiero guardar en la cabeza el aroma del tarro de lata, de las manos que huelen a jardín, a flores, a césped cortado…

—Bueno, un tecito. Pero que sea a granel. El té siempre sabe mejor si es a granel.


Imagen de Té, Caliente y Taza. De uso gratuito

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